Una vez llegados a la isla, los turistas vamos siendo asignados a cada uno de los vecinos del lugar.
A nosotros nos tocó compartir la vivienda de Adrián y su esposa (cuyo nombre lamento no recordar. Supongamos que se llamaba Policarpa)
La casa de Adrián y su esposa era amplia. De hecho, Adrián había construido habitaciones para todos sus hijos, ninguno de los cuales vive en la isla.
Sin embargo, es difícil imaginarse una casa más espartana. La casa estaba estructurada alrededor de un patio, al que daban las escaleras que conducían a las habitaciones "de los hijos" y las puertas del resto de las estancias. La cocina, el comedor y una habitación cuyo interior sólo pudimos entrever, que parecía ser el dormitorio del matrimonio.
La cocina constaba de un hogar en el suelo, un banco y -lujo supremo- una cocina de gas de dos fuegos, comprada seguramente con los recursos que el turismo deja en Amantaní. El comedor tenía una mesa grande, cubierta por una colcha o algo por el estilo y un armario donde se apilaba la magra vajilla.
El baño tenía un lavabo, una ducha y una taza. No había agua corriente dentro, pero sí un grifo en el exterior. Cada vez que se utilizaba el baño había que dejar lleno un caldero (una lata de pintura, en realidad) para la limpieza de la taza. El baño contaba con corriente eléctrica, procedente de placas solares que, como la cocina de gas y otras tantas otras cosas en la isla, había sido pagada con los beneficios producidos por el turismo.
En el patio había un mortero de piedra y varios canastos hechos de goma de cubierta de coche o de camión y muy curiosamente elaborados. Del mismo material eran las ojotas (a modo de sandalias) que llevan los moradores de la isla.
Al poco de llegar a la casa era ya la hora de la comida. Estaba compuesta casi exclusivamente por vegetales y algo de queso. Probablemente con ello los organizadores del viaje lo habían organizado así para conseguir varias cosas: 1) No tener que preocuparse por los vegetarianos, musulmanes y otros tipos de restricciones alimenticias 2) Se trataba de productos que se pueden cultivar fácilmente en la isla o en otras cercanas 3) El precio de estos alimentos no es precisamente elevado. Total, que comimos platos compuestos por oca (un tubérculo parecido a las patatas) papas, algo de queso y algún otro vegetal.
La habitación en que dormimos tenía dos ventanas enormes, con cristales sencillos y sin divisiones. Las camas tenían una enorme cantidad de mantas, muy pesadas, que nos permitieron no pasar frío. Y bacinilla, tenían bacinilla.
Adrián se sentó con nosotros a comer. Su esposa lo hizo sola, en la cocina. Eso nos recordó a nosotros que, tiempo ha, las mujeres de la casa en España también comían apartadas de la mesa común, al menos en los días de diario.
Adrián resultó ser un buen conversador, para lo poco comunicativos que suelen ser los nativos peruanos. Nos contó cómo era llegar desde Puno hasta Amantaní cuando los barcos no eran de motor, sino de vela. Y quien crea que por ser un lago, el Titicaca es tranquilo, ya puede ir pensando otra cosa.
También se interesaba por la vida en Europa. Nos preguntaba si el euro tiene céntimos, como el sol peruano, o si hay vacas también en España.
| Las hordas de gringos llegan cada día a Amantaní |
| Esperando a los gringos del día |
| Habitantes de Amantaní conduciendo los gringos a sus casas |
Habitantes de la isla
| Tocando el agua del Lago |
| El Lago bulle de vida, a pesar de la contaminación |
| Vista desde la casa de Adrián y su mujer |
| La esposa de Adrián, con su cocina de gas |
| El interior de la cocina |
| Al fondo, la casa de Adrián y su mujer. La ventana de la derecha es la de la habitación en la que dormimos |
| Llevando a los gringos de vuelta al embarcadero. |
Todas las fotos de Amantaní, AQUÍ

No hay comentarios:
Publicar un comentario