Por mucho que uno pueda andar por Lima, siempre queda la sensación de que sólo la ha rascado un poquito por encima. Es una ciudad inabarcable. Inmensa.
Con un tráfico enloquecido (así te recibe ya de entrada la Avenida Faucett, que lleva desde el aeropuerto hasta la propia ciudad)
El aeropuerto, que lleva el nombre de Jorge Chávez, un pionero de la aviación peruana, que se hizo famoso por haber sobrevolado los Alpes está en El Callao, a unos escasos 17 km... que se recorren a la escalofriante velocidad de 23 km/h en coche y a unos 15 km/h en autobús.
Y ello se debe al tráfico. Un tráfico endiablado al que contribuye muy eficazmente la casi total ausencia de Metro, actualmente en fase de proyecto o de construcción.
Coger un taxi es fácil ("coger" no es mala palabra en Perú) basta con tener pinta de "gringo" y estar parado en cualquier calle. Inmediatamente algún coche parará y se ofrecerá a llevarte a donde quieras. ¿Un taxista? Pues no, habitualmente no, se trata de algún peruano que de forma más o menos habitual sale con su coche a ver si puede ganarse unos soles.
Y no muchos, porque los precios suelen ser muy ajustados. Ello es posible porque la mayoría de los coches que se dedican a este cometido funcionan con GLP (Gas Licuado de Petróleo) cuyo precio es de menos de 0,5€ por litro.
Lima no es una ciudad construida en altura. Los edificios no suelen ser muy altos, lo cual tampoco sería muy conveniente en una zona sísmica como esta. Nos llamó la atención que se ven muchos edificios cerrados a la calle mediante un muro que cierra un pequeño patio exterior. Hasta aquí nada de especial... hasta que te fijas que el borde del muro está recorrido por unos cables... y electrificado a 220 Voltios
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