Cuando empezamos a pensar en ir a Paucartambo los días de la fiesta de la Mamacha Carmen, nos pusimos en contacto con Don R. para preguntarle si él tendría algún contacto que nos pudiera proporcionar un alojamiento. Su respuesta fue que conocía a uno de los miembros de la danza de los Capaq Coyas y que le iba a preguntar. Su respuesta fue que tenía un alojamiento para dos y que nos cobraría 500 soles (creo recordar) por los dos días (noches del 15 al 16 y del 16 al 17)
Así que allá nos fuimos. Al llegar a Paucartambo nos metimos, con nuestras queridas maletas (que mejor hubieran estado guardadas en Cusco) en un bar, donde pudimos tomar algo. Por un folleto que habíamos obtenido, pensé que la danza wasi (casa de la danza) de los capaq coyas estaba subiendo unas empinadas escaleras. Y allá que se fue Isidoro a ver si encontraba a nuestro danzarín. Después de muchas vueltas al fin encontró la casa en la que "Toti" tenía previsto alojarnos... y se le cayó el alma al suelo.
Estaba claro que allí no podíamos alojarnos y que teníamos que buscar algo... y pronto. Recordamos haber visto un cartel ofreciendo alojamiento, así que allí nos fuimos.
Nos daban alojamiento por doscientos soles para los dos, las dos noches, en una habitación compartida... con un montón de gente.
Un chiquillo nos acompañó para mostrarnos el alojamiento. Era una habitación no muy grande en una casa modesta. En la habitación se apiñaban seis camas y una litera. Isidoro y yo escogimos una de las literas y la cama que estaba más cerca de la salida.
La misma gente que nos proporcionó el alojamiento nos guardaron las maletas durante todo el tiempo que estuvimos en Paucartambo. Y, la verdad, no hubo queja. Pudimos acceder a las maletas siempre que quisimos y no faltó absolutamente nada de ninguna de ellas.
Habíamos quedado en nuestro alojamiento, compartido con otra gente. A
algunos de ellos no los vimos en todo el tiempo. A otros, sí.
Los otros ocupantes de las camas de la habitación parecían ser un grupo
de cusqueños, formado por varios jóvenes y un mayor, como de 55 o 60
años, con pinta poco recomendable, la verdad.
Afortunadamente nuestra interacción con ellos se limitó a que, en un momento de la tarde llegaron por allí
El mayor de ellos estaba empeñado en que le cediera mi cama a uno de mis
acompañantes. Yo no tenía muy claro qué hacer, pues tampoco me parecía
interesante la posibilidad de enfrentarnos con aquella manada. Al final,
fue Isidoro quien le convenció de que cederle la cama no era una de
nuestras prioridades.
Luego, en realidad, no llegamos a verlos. Sé que en un momento vi al
mayor durmiendo de rodillas en el suelo y la cabeza sobre la cama.
La siguiente noche, la del 16 al 17 también tuvo lo suyo. Nuestros
compañeros de habitación no aparecieron, con gran alivio por nuestra
parte... hasta que... nos despertamos por la noche, oyendo lo que
parecían llantos de una chica. Y es que nosotros no lo sabíamos, pero
fuera de nuestra habitación habían instalado una tienda de campaña de
esas de armar en dos segundos.
Al principio nos temimos que alguien estuviera molestando a la chica de
una u otra forma. Había movimiento de gente y voces en el pasillo de la
casa.
Al final hubo suerte, y no llegó la sangre al río. Más voces que otra
cosa. Por lo visto la cuestión estaba en saber quién era el propietario
de una remera (una sudadera)
Pero el susto no nos lo quitó nadie.
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